08 portadaLa verdad que casi ya da miedo ver un telediario. Al rosario de malas noticias sobre la economía, las guerras, el paro, la corrupción o los desastres naturales, que de todo hay cada día, de repente te encuentras con hechos que de verdad son muy difíciles de asimilar, casi de creer. Pienso que no habrá nadie que no se haya enterado de la salvajada cometida por dos individuos, hermanos para más señas, además de terroristas, que pensaron que la mejor forma de defender su causa (asesina en cualquier caso por los métodos), era salpicar con varias bombas el recorrido fi nal de una multitudinaria carrera de atletismo en las calles de la ciudad de Boston, precisamente donde calcularon el lugar y el momento en el que podían hacer más daño.
Pese a todo, y lamentando sinceramente la pérdida de varias vidas y el casi centenar y medio de heridos, la cosa pudo ser todavía mucho peor. Cuando suceden estos hechos a uno le quedan siempre una serie de interrogantes que rodean a los diferentes datos que se van conociendo. El dónde, el cómo, el cuándo, etc., se siguen enfrentando a la que estoy seguro que para muchos es la principal cuestión... por qué.
La multitud de medios informativos comenzaron a bombardear literalmente el mundo con hipótesis y especulaciones sobre lo que había pasado, pero las horas transcurrían y el propio presidente de los EE.UU. tuvo que admitir públicamente que “no sabía ni quién ni por qué”.
Pero al margen de esa aterradora realidad, esa misma noche los noticieros volvían a darnos cuenta de un nuevo “tiroteo” en el que había fallecido un policía; y se sigue demostrando que hay una auténtica campaña para intentar convencernos de que “todos” los enfrentamientos entre delincuentes y policías en los Estados Unidos son tiroteos perpetrados por desequilibrados amantes de las armas, cuando la realidad allí entre “buenos y malos” es mucho más evidente de irreversible desde hace un par de siglos, en los que han variado los calibres y el sistema de funcionamiento de las armas, pero poco más, a no ser que hoy hay más delincuentes.
Pero no, no había sido otro “tiroteo al uso pretendido”, sino el enfrentamiento de la policía con los hermanos terroristas que se saldó con una baja en cada “bando”. Por supuesto que los hermanos llevaban armas, pero no se nos puede escapar que para causar el principal daño de su macabro plan en la calles de Boston no habían necesitado pistolas, rifles o ametralladoras, sino unas ollas de cocina, clavos, bolas de rodamiento o perdigones, algún explosivo, y quizás las instrucciones para “fabricar bombas” que están colgadas en Internet.
Una vez más se demostró que no hacen falta armas para causar mucho, pero que mucho daño. Eso sí, hace falta la intención, la determinación de matar, o mejor dicho la cobardía de hacerlo como lo hacen este tipo de asesinos, ya sea en la Torres Gemelas de Nueva York, en el metro de Londres o los trenes de Madrid, o en una carrera que reune a muchos miles de ciudadanos en Boston.
Que las armas son algo intrínseco a la tradición y la vida de muchos estadounidenses es indiscutible, y como una demostración más basta con ver el artículo sobre Knob Creek en esta misma revista, donde también miles de estadounidenses pasan un “inolvidable fi n de semana” disparando con todo lo que se pone a su alcance, incluso después de haber ahorrado durante meses para poder pagar sorprendentes cantidades en munición que simplemente estrellan contra blancos o directamente en el suelo.
Una vez más, se demuestra que las armas pueden hacer lo que puede hacer quien las maneja, y también que no hacen falta armas si el asesino está dispuesto a demostrar que los es. Sea con un martillo, una piedra o una bomba.

Luis Pérez de León